domingo, 25 de diciembre de 2011

POR UNA VEZ EN LA VIDA (de Historias de no creer - Cuentos - Xavier Xaubet - 2009

ADIVINANZA de William Shakespeare: "Pocos lo ofrecen, nadie lo espera, todos lo necesitan".

MONTEVIDEO, UN AÑO DE ESTOS, DOMINGO CUALQUIERA - 7:37 HS

Ese Domingo a Juan le pasó algo increíble: se despertó famoso. No que se hubiera hecho famoso recientemente, sino que cuando se despertó lo supo, en ese momento. Le resultó sumamente extraña la sensación de ser famoso, porque hasta ese momento no lo era en absoluto. Era cadete de una farmacia, y no muy brillante, que digamos, en su labor. No hacía más que hacer mandados, llevar pedidos, llegar tarde por quedarse dormido y confundir las direcciones. Pero ese Domingo, en que tenía que trabajar porque estaban de turno, se despertó famoso. Cuando se miró al espejo del baño, desgreñado y con cara de dormido, sorprendentemente, reconoció su cara como del tipo tapa de revistas, entrevistas en TV, anuncios publicitarios, etcétera. Supo (pero no supo cómo), mientras se peinaba con más esmero que de costumbre, que acababan de nominarlo para el premio a la Simpatía, del concurso Cadetes del año, organizado por la revista N.N. Fashion. No es que fuera muy bonito de cara, que digamos. Venía en lucha desigual con el acné; su nariz... ¿cómo decirlo?, le llevaba amplia ventaja al resto de sus rasgos, como un cuerpo más o menos. Pero simpático puede decirse que era. Es de destacar que, como buen tímido, hablaba apenas lo imprescindible, sonreía esbozadamente y su mirada lo hacía todo por él: pedía ayuda, agradecía, admitía, se disculpaba, interrogaba, mostraba afecto y claro, sonreía todo el tiempo y decía todo lo que él no osaba pronunciar. Conclusión: era un chico muy querible.
Al salir rumbo a la farmacia descubrió ¡que ya tenía un club de fans! Varias chicas gritaron agudamente cuando lo vieron montar su motocicleta de trabajo y lo rodearon solicitándole autógrafos y tratando, tímida pero insistentemente, de tocarlo. Desbordado, garabateó uno trabajosamente y escapó como pudo. Llegando a la esquina de su casa vio algo por demás inusual: doña Totita, una de sus vecinas, ama de casa consuetudinaria, estaba, de escoba en mano y batón, asediada por esmerados paparazzis que le apuntaban con todo tipo de cámaras y micrófonos. Alcanzó a distinguir una expresión desusada en su cara regordeta. No entendía lo que pasaba pero no pensó más en ello, porque le urgía más tratar de entender lo que le pasaba a él.
Llegando a la farmacia lo recibieron, con aplausos, sus compañeros, un grupo heterogéneo de gente y hasta su patrón en persona. La encargada se le acercó sonriente con un ramo de flores y le estampó el primer beso de la historia en su mejilla. Vio un móvil de la televisión, varios fotógrafos y un enorme micrófono en sus narices. Cuando el reportero le preguntó cómo se sentía ser reconocido por sus cualidades personales, no supo qué decir, pero entonces su boca estrenó su primera sonrisa dibujada completa.

MONTEVIDEO, EL MISMO AÑO Y DOMINGO CUALQUIERA , 8:04 HS

Totita se miró al espejo del baño y se llevó flor de sorpresa. En ese instante se vio a sí misma como nunca antes, como nunca se imaginó que alguien como ella pudiera llegar a verse: en un relámpago de lucidez, se vio famosa. Reconoció su rostro de costumbre: regordete, enmarcado por un pelo cortón, peinado así nomás y con crecimiento, arruguitas alrededor de los ojos, las cejas con retoques depilatorios postergados, de maquillaje ni el recuerdo, en fin, todo eso que cuando se pone a mirarlo la deprime y entonces, claro, casi nunca tiene tiempo de mirarse. Pero en ese instante todo eso fue eclipsado por una luz, más que de esperanza, de confirmación de algo inesperado. Ahora era famosa, reconocida ampliamente por sus méritos. ¿Qué méritos? Bueno, ya vimos que linda no era, su voz un poco chillona no ameritaba ni cantar bajito y de entrecasa, la risa escasa recordaba vagamente la de aquellos tiempos solteriles, algo similar pasaba con su mirada, pero menos suerte corría su figura... Bueno, si había méritos había que buscarlos en sus alrededores. Casa más que pulcra: decoración, limpieza y mantenimiento bajo su entera responsabilidad. Dos hijos que andaban “derechito” y bien arregladitos. Marido parco, calvo, panzón, prolijo, o sea, bien atendido. (Por ahora nada excepcional: un ama de casa como la gente, ¿y ...?) ¿Qué más? Ah, sí, el perrito limpito y bien enseñado. Claro, no podemos pasar por alto la vereda, siempre barrida y baldeada. Precisamente cuando salió esa mañana, escoba en mano y de batón, la sorprendió una jauría de paparazzis, apuntándola con todo tipo de cámaras y micrófonos. Sus ojos adquirieron proporciones asombrosas mientras el simpático reportero de Canal Tal Cual le preguntaba cómo se sentía ser la elegida para el codiciado Doña Petrona de Oro a la Trayectoria, en el Gran Certamen Amas de Casa del Año, organizado por los Medios de Comunicación, para premiar a las amas de casa dedicadas. No supo qué decir, ni cómo recuperar la respiración y la motricidad por unos extensos segundos, pero finalmente, una sonrisa largamente relegada afloró desde el fondo de su corazón, precisamente en el mismo momento en que su vecinito Juan, el cadete, pasaba acelerando su motocicleta de la farmacia, perseguido por un grupo de frenéticas chicas.

MISMA CIUDAD, AÑO Y DOMINGO CUALQUIERA, 11: 45 HS

El Cacho salió a la vereda mate en mano y termo bajo el brazo, como solía hacer cada domingo que le tocaba libre. Cuando sintió el solcito supo que no era como siempre. No el solcito, sino él. Se sentía raro... como famoso más precisamente. No se hizo caso, porque no era de fantasear y menos de agrandarse. El Cacho era un tipo humildón, de barrio, pobre, pero muy trabajador, eso sí. En eso no se achicaba jamás ¡y había que seguirle el trote! Sacando factura, sobre todo. Trabajaba en una panadería lejos de la pensión. Iba y venía en la bicicleta. Y trabajaba a veces tarde y noche. Como una ráfaga le pasó de nuevo la misma idea por la cabeza. “Qué lo tiró – pensó – debe ser eso del estrés, digo yo...” No pudo seguir pensando porque en eso estacionó una combi enfrente; del canal. Bajaron un camarógrafo y un tipo con un micrófono, y enfilaron hacia donde estaba el Cacho, que en ese momento succionaba un mate mientras los miraba de ojos interrogantes. - ¡Señor Roldán! ¡Buenos días! (- ¿Y este de dónde me conoce? – pensó el Cacho). – De Canal Tal Cual, soy Milton Otero, transmitiendo en vivo, queremos hacerle una nota al flamante Premio Mejor Rendimiento de esta primera edición de los premios Laburantes del Año, organizado por la Cámara de Industria y Comercio: con nosotros, el señor Sergio Roldán, oficial facturero de la panadería Don Pan del barrio La Figurita, ¿lo he definido bien? El Cacho asintió con la cabeza, de boca abierta y ojos grandes como el agujero del mate. - ¿Cómo se siente recibir este reconocimiento a sus virtudes como trabajador, señor Roldán? No supo qué contestarle porque en ese momento sentía algo tan inusual que no conocía todavía las palabras para definirlo. Pero sacó de muy adentro una sonrisa que tenía guardada, dobladita y planchadita, desde que era chico, desde la última vez que alguien, no recordaba si una tía o una vecina, allá en el pueblo, lo elogió por lo comedido y educadito que era.
En eso pasó apuradito el marido de la Totita, que vive a la vuelta. Ni se dio cuenta que el Cacho estaba siendo entrevistado por la televisión, porque iba concentrado en su cometido, con un gran ramo de rosas de la florería de la otra cuadra. Se notaba, por esa sonrisa entre entusiasmada y expectante que le ocupaba el rostro, que iba derecho a saldar una muy atrasada cuenta de aprecio.
Totita, en tanto, lucía un nuevo brillo en la mirada y su antigua sonrisa actualizada. Esta vez se sentía realmente decidida a cuidar de su persona, por ella misma, pero también por los suyos (y no sólo para recibir el premio). Porque se había dado cuenta que bien valdría la pena ser la Totita en todo, no sólo a su alrededor.
En ese mismo momento el patrón de Juan le aseguraba un aumentito con una sonrisa de satisfacción y referencias elogiosas a su buena disposición para atender a los clientes, “que era lo principal”. Juan se sintió interiormente impulsado a apagar antes la tele todas las noches y a estudiar un rato el mapa de la zona de la farmacia en la guía clasificada. Pero principalmente sintió, por primera vez en su vida, que valía la pena ser simplemente Juan.
A todo esto, el Cacho sentía que había llegado el momento de incarle el diente a un asunto que venía postergando, en franca contradicción con su naturaleza decidida. Esa noche misma le diría a la Lucía lo que ella soñaba con oir hacía rato largo: “No le demos más vueltas, Lucy: nos casamos y listo”. Porque ahora se daba cuenta que si era metedor para una cosa como el trabajo, con más razón lo podía ser para formar una buena familia. “Porque uno es uno en todo lo que se ponga a hacer –pensó –. No vale la pena andar mañereando para ser feliz”.


MONTEVIDEO, UN DIA CUALQUIERA DESPUES, 20:45 HS

Hasta aquí, el informe sobre estos tres casos que pudimos contactar y entrevistar personalmente, en el poco tiempo que duró la situación (por llamarla de alguna manera): algo más de media jornada. Porque una cantidad, todavía no determinada, de personas comunes y corrientes, totalmente desconocidas, se convirtieron, ese domingo cualquiera, en notorias y reconocidas, simplemente por algunas de sus virtudes personales.
Doy fe que mis colegas entrevistaron enfermeras, mozos, cuidacoches, basureros, domésticas, escolares, estudiantes, maestras, papás y mamás, taxistas, porteros, cajeras de supermercado, y qué se yo cuánta gente corriente más.
Ese día no dimos abasto con las entrevistas y reportes, fue una verdadera locura, algo de no creer. Si uno lo piensa bien, dice: “¡no puede ser!”
Y, la verdad, no sé qué pasó ese domingo cualquiera de un año de estos, para que todos los elogios merecidos juntos salieran desbocados al encuentro de sus destinatarios olvidados; pero..., por una vez en la vida, ocurrió lo mejor: los encontraron.
Después todo volvió a la normalidad, pero para todos aquellos desconocidos reconocidos, nada a vuelto a ser como antes.

FIN... No: se debería comenzar...
Texto: Xavier Xaubet, 2003

lunes, 5 de diciembre de 2011

LUCÍA EN DOS TIEMPOS (de Cuentos para Creer)

La luz suave, apastelada, de la tardecita de febrero fluye desde el ventanal del pequeño living como el agua límpida de un arroyo poco profundo. Discurre muda sobre el piso de baldosas amarillas con diseños geométricos color café; sobre el pantasote azul piedra del sillón estilo americano; baña la madera lustrada de la mesita ratona, el cenicero de ágata, la carpetita blanca de crochet y el cuerpo terso del florero de losa esmaltada azul marino, hoy desocupado de rosas. Todavía se estira el manso arroyuelo de luz hasta el sofá, acariciando sólo parte del asiento y sobre éste, apenas, sin tibieza ya, unos delgados jeans, un tobillo bronceado y un breve champión rosado. Por el suelo, en cambio, más aventurado, relumbra dulcemente hasta morir sorbido por el tono negro mate de un parlante. Parece alimentar de esta manera, con su hálito tibio y cándido, el canto que mana nostálgico del estéreo:

“... Un día nuestra gran historia he de escribir
y revivir
en un libro de rosas.
En cada hoja un juramento he de grabar
Y allí estará
Tu carita hermosa...”

Unos ojos grandes y húmedos, detenidos, se ausentan morosamente hacia un paisaje inasible de recuerdos. El tono envolvente y mimoso de la voz de Adamo, acentuado por ese eco adolescente y afransesado que lo distingue, impulsa la melancolía de esos ojos como en el clima sugestivo de una película. Lágrimas y pensamientos ruedan por las arenas de una soledad sin esperanzas hasta el oasis del pasado hermoso y romántico...

“...pobre será mi prosa
mas habrá tu encanto
porque yo
pondré tus lágrimas
en los pétalos
de la más bella rosa...”

Una y otra vez Lucía evoca los sucesos de su idilio trunco antes de ser, justo antes de ser... Esta idea la desespera, entonces su mirada se refugia en lo que fue, en lo que en realidad tuvo, tan bello, tan perfecto... ¿una amistad? ¿un mutuo amor no declarado? ¿nunca lo sabría? ¿por qué tuvo que irse? ¿por qué tuvo que ser justo ese día? ¿destino? ¿era demasiado perfecto? ¿nunca podría ser?... ¿nunca podría volver?
De pronto recuerda una canción. La que Lucía odiaba, pero que Ernesto le hacía escuchar de vez en cuando:

“Quiéreme así muchacha, quiéreme así.
Cual si fuera este el instante que marca el final.
Tal vez mañana...”

La odiaba, nunca le hizo caso... Nunca lo quiso creer... Prefiere escuchar a Adamo:

“Con mi ilusión castillos levanté
los vi caer, perdí la fe.
Me desengañé porque en el mundo
Nunca tanta farsa imaginé...”

La voz de Adamo, ahora con dulce rebeldía, evoca a Lucía la injusticia de su situación. Sus ojos se repliegan defensivos ante ese mundo interpuesto entre los dos. Leva los puentes de sus castillos de recuerdos, defendidos por el caballero de sus sueños. Allí habita para siempre jamás lo que nunca morirá, porque fue, es, demasiado sublime para estar sujeto a un tiempo, a unos meses o años: “No existe el tiempo en lo sublime y es por eso que nunca muere ni morirá nuestro amor”, declara fervientemente para sí misma. “Ernesto, ¿sabés que seré toda mi vida tu sombra, que serás mi sombra? Si yo lo sé, tú también lo sabes. Ernesto, Ernesto, ¿por qué? ¿por qué a nosotros? ¡Maldito tiempo, maldito mundo!” Lucía cierra sus ojos, contiene el llanto, invoca: Ernesto... Ernesto...

“Tu nombre
para mí es un emblema
y el más bello poema
que el amor ha creado...”

Oportunamente, Adamo desvía la angustia de Lucía hacia la evocación gratificante de la imagen de Ernesto: su sonrisa, su mirada, un número indefinido de secuencias gratas que resumen sinópticamente lo mejor de aquel tiempo junto a él: “mis millones de felicidades que se unen en una...”, como anotó en su diario íntimo.

“Tu nombre
ya conocen las flores
y hasta los ruiseñores
lo aprendieron de mí...
¡Tu nombre... tu nombre...!

Adamo envuelve con fuerza el corazón dolorido de Lucía, mientras sus grandes ojos cerrados dejan pasar el tiempo, el mundo indefinido de su nostalgia inconsolable, y unas lágrimas lentas que terminan saltando al vacío para morir sobre el pantasote azul piedra...

Entonces sintió el ruido de la llave en la puerta de entrada, despertó como de un sueño y se sentó en el sofá no de pantasote sino imitación terciopelo, y se secó rapidito las lágrimas restantes, y trató de poner la cara de costumbre.
- ¡¿Qué estás escuchando, mamá?!
- Es Adamo, Kari... Estaba acomodando mis viejos long plays y lo puse... (Lucía salía de licencia dos o tres días antes que su marido y aprovechaba a hacer limpieza mientras preparaba el equipaje para los días de playa en la casita de Parque del Plata).
- ¡Discos de vinilo, mamá! ¡Suenan horrible!
- Bueno, están un poco baqueteados, pero me encantan. Son los que escuchaba cuando tenía tu edad, más o menos.
- ¿Eso escuchaban ustedes? ¡Qué aburridos! ¿Cómo se divertían en tu época? ¿O sólo estaban para la política y esas cosas?
- Para mí no eran aburridos, Adamo hizo furor en aquellos años...
- ¡¿Cuántos años, mamá?!
- Y... eran los ’70... –dijo Lucía con nostalgia en los ojos y una leve sonrisa.
- ¡Prehistóricos, mamá! Ya estamos en el veintiuno, actualizate...
- Ja... lo mismo le decía yo a mamá cuando escuchaba los discos de Libertad Lamarque...
- ¿Quién?
- No importa... pero siempre es así: ya te va a tocar...
- ¡Ay, mamá, vos siempre con lo mismo!... ¿Qué hay de comer?
Lucía levantó la púa del tocadiscos interrumpiendo a Adamo, que ya le estaba cantando a las paredes, y contestó simplemente:
- Es jueves, ¿no?
- ¡Uh! Fideos con tuco...Lo hiciste liviano por lo menos, ¿no?, sin tanto aceite y carne picada, que es pura grasa...
- Sííí, sííí, no te preocupes, no te va a engordar –respondió Lucía con paciencia, elevando la mirada al techo.
- Buéh, veremos... –respondió Karina, con escéptico tono, y siguió para el baño, como siempre que llegaba.

Lucía se quedó un momento sentada, con el sobre del disco de Adamo en las manos, mirando nada, mirando su presente real, pensando que todo había quedado congelado hacía treinta años, y la vida siguió, y ahora eran cualquier cosa menos lo que habían soñado. Ya no era Lucía, ni Lucy, sólo en los documentos y facturas, y en el trabajo. Ahora era Mamá o Gorda, según quien la llamara en casa.
- Hola, gorda... ¿qué hacés sentada ahí? –dijo, entrando, Carlos, “papá”, su marido.
- Nada... estuve de limpieza y me senté un poco, ¿cómo te fue, papá?
- Bien, ¿qué hay de comer, gordi? –preguntó, agachándose para darle un rápido beso-saludo.
- Es jueves, papi...
- Ah, cierto... le pusiste bastante carne al tuco ¿no?
- Sííí, papá, está como a vos te gusta... –y ya se levantó rumbeando hacia la cocina, donde ya había llegado Carlos, arrancando el codo del pan y, masticando mientras miraba a la mesa, dijo un poco ansioso:
- ¿No aprontaste el mate todavía? Te quedaste, gorda. Dale, aprontalo que me voy a cambiar... estoy muerto, ¡qué calor! ¡qué lo tiró! –y se metió en el baño que recién dejaba Karina.
- Hola, pa...
- Hola, ¿todo bien?
- Todo bien, pa... –contestó mientras ya se cerraba la puerta del baño.

En la cocina, Lucía ponía el agua a calentar, la yerba al mate, el chorrito de agua fría para hincharla y luego clavaba la mirada en sus recuerdos interrumpidos. “¿Qué será de la vida de Ernesto? Lo último que supe por la parienta, creo que prima de él, que me encontré en el ómnibus, que se había casado en Suecia con una exiliada argentina, tenía dos hijos, pero después se separó, se mudó a España, dice que mandó una foto por internet, estaba gordito y pelado ¿quién diría?, bueno, yo también engordé un disparate, por lo menos sus ojos seguirán azules, pero... ¿la mirada? ¿será la misma?, mi cara no es la misma, soy otra, si me ve ahora ni me conoce, capaz que yo a él tampoco... ¿será feliz?... si se separó... bueno,y yo, ¿soy feliz? No me puedo quejar, Carlos es bueno, veinte y pico de casados y seguimos, los nenes son buenos... bah, ¡los nenes! Tamaños grandotes, el Sergio nomás, salió medio veleta, pero bueno, ahora los varones son así, se les estira la adolescencia, ¡qué distinto a nosotros! Ernesto me hablaba de economía política, yo lo escuchaba como al propio Fidel, para mí, que no entendía un pito, la tenía clarísima, pero ¡qué!... éramos chiquilines, íbamos a arreglar el mundo... ¡qué poco duró aquello!... pero qué largo se fue después... no tuvimos tiempo para nosotros, para declararnos, él me quería y yo lo adoraba, pero quedamos ahí, en agua de borrajas, y se tuvo que ir... si hubiera caído preso... pero él, al final, no estaba metido en nada groso... creo... igual te metían para adentro por cualquier pavada... yo lo hubiera ido a visitar, lo habría esperado, ¿cómo hubiera sido?, pero no fue, se fue y le perdí la pista ¿se acordará de mí?... mandó una o dos cartas al principio, no a mí, a su hermana casada, pero preguntaba por mi familia no por mí directamente, claro, no éramos nada, amigos nomás, no querría seguir ilusionándome... después no supe nada más por años y años y ahora, bueno hasta hace dos... tres años, está gordito y pelado y divorciado... Carlos, por lo menos, tiene casi todo el pelo, unas entradas nomás y se está quedando canoso, pero le queda bien... a Carlos lo quiero y él me quiere... creo... es medio dormido a veces, pero labura, no toma, me trata bien, bueno, a veces me tiene tirada, pero ¡yo también!... estoy medio dejada... tengo que empezar el régimen, tendría que hacer algo con este pelo... pero él después ni se da cuenta... los hombres están en otra... Ernesto ¿será igual?... por algo estará divorciado...
- Che, gorda, ¿‘tá pronto el mate?
- Sí, sí, pará que lleno el termo... ¿te acordaste de lo que te encargué?
- ¿Qué?... Ah... no... se me pasó, gordi... ¡tuve un día...!
- ‘tááá, no pasa nada, mañana, igual. Pero acordate ¿eh, papá? Servite... –concluyó, alcanzándole el termo y el mate, porque sebar, sebaba él, eso sí.
- ‘tá, gorda, mañana no me olvido...

Fueron al living, se sentaron en el sofá, Ernesto cazó el control, prendió la tele y fin de la conversación.

lunes, 3 de octubre de 2011

Cuentos para creer

He reunido 6 cuentos bajo este título. Es una alusión doble: por un lado, mi anterior libro de cuentos se titula Historias de no creer, y por otro lado, en este libro posterior los relatos abordan temas de la vida real pero con una apuesta a valores que no deberían estar perdiéndose.
Bueno, aquí va uno de ellos.

Los Sí vs los NO

Esa tarde, cuando los vio venir, despacito, por la vereda del sol, le llegaron al corazón. Ella del brazo de él y él posando su mano libre sobre la de ella no sujetándola, sino haciendo contacto, uniendo, como una caricia quieta.

Realmente pertenecían a otro tiempo que, misteriosamente, se traslapaba con el actual. Pasado haciéndose presente. Todo era diferente en ellos: el ritmo, la indumentaria, el semblante, la mirada. Trepidaban veloces los automóviles del presente al pasar, pero no parecían influir ni un poquito en el “tempo” de la pareja de ancianos.

Francisco, Pancho, se conmovió esta vez al verlos. Cierto, siempre pensaba: “¡Qué hermosura!, llegar hasta esa edad, juntos. Eso ya no se ve, son como una reliquia.” Pero seguía de largo, saludándolos maquinalmente al pasar, como lo había hecho desde chico.

¿Cuántos años tendrían de casados? Cincuenta mínimo, pero daría lo mismo decir cien. Una vida, o más... Desde que se acordaba los había visto viviendo en la misma cuadra, la misma casa vieja, hasta diría que con la misma indumentaria de museo. Don Juan y doña Julia. Él de traje oscuro y camisa blanquísima, prendida hasta el cuello. Los domingos con corbata y chaleco. Zapatos negros bien lustrados. Lo coronaba, invierno y verano, un sombrero de fieltro negro, gardeliano. ¡No usaba lentes ni bastón! Ella de vestido casi hasta los tobillos, de esas telas de floreado menudo, ceñido a la cintura y cerrado hasta el cuello, salvo en verano cuando el leve escote permitía asomar sus clavículas. En invierno, chaquetón de paño oscuro y chal de lana tejido por ella misma. Zapatos de grueso tacón, negros, y medias color natural en verano, negras de lana en invierno. Su peinado, invariablemente un rodete tirante y, como único maquillaje los domingos, los labios apenas pintados de rojo.

Ambos eran delgados, aunque no altos, bien erguidos para su avanzada edad. De rostro enjuto, el de él más anguloso, y el cabello cano. Para Pancho habían sido siempre como un símbolo viviente del amor eterno. “Algo que ya no existe”, pensaba con pesimismo realista. Pensar que desde que era niño estaban así, invariables. Con lógica, se decía a sí mismo que hace veinte o treinta años atrás, debían de verse más jóvenes, o, mejor dicho, menos viejos. Pero su memoria no estaba de acuerdo con esa lógica. Sin embargo, habían tenido toda una vida, antes de eso. El único dato que disponía de ese pasado era el que su padre, ya fallecido, comentó alguna vez: él había sido portuario, “cuando el puerto de Paysandú era otra cosa”, y ella tejía “para afuera”. Nada más. Bueno, era algo. ¿Cuántos años? Toda una vida, sí.

“Yo crecí, estudié, entré en la Intendencia Municipal, como papá y por papá, me ennovié con Marta, nos casamos, tenemos dos hijos chicos y, el día menos pensado, nos estamos divorciando”, repasaba mentalmente Pancho su vida de 37 años. “¿Cómo habrán hecho estos dos?”, se preguntaba a continuación, mirando aquella pareja de viejitos tomados del brazo. “Habría que preguntarles alguna vez”, se proponía vagamente.

La rutina de los días veloces del presente disolvía aquellos pensamientos que, usualmente, afloraban cuando se cruzaba con ellos. Esa tarde, sin embargo, como señalé al principio, fue diferente. Sería que Pancho estaba sensibilizado por su situación marital. Sentía que su pareja se disolvía lentamente, carcomida por la polilla de la apatía mutua. El único tema de diálogo eran los problemas, grandes y pequeños. Que la nena precisa una ortodoncia que sale como 11000 pesos, la tarjeta no habilita la cuota, y ¿si sacás un préstamo social en el República? Sí, pero después el descuento del sueldo más la tarjeta, no sé, y está la cuota del Hipotecario, no sé, no sé... Que el nene está sin championes, pero no quiere los baratos porque no son de marca y los compañeros tienen todos de marca, y hablando de calzado, ¿cuánto hace que ando con los mismos tamangos, que ya parecen chalanas, no dan más, pero bueno esperaré, primero están los nenes, ¿qué querés comer esta noche?, yoquesé... cualquier cosa, cualquier cosa no vas a comer, después te quejás, ¿no podés pensar también vos?, estoy cansado, yo también estoy cansada del trabajo, pero tengo que cocinar igual y no me estoy quejando, pido un poco de colaboración nada más, ¡Má, mirá Nico!, ¡Nico dejá en paz a tu hermana, hacé el favor!... ¡Ella empezó, má! ¡No, él empezó! ¡Bueno, basta! ¡Qué chiquilines!¿Y? ¿ya pensaste algo? No sé... una pizza, o algo, sí, sí, no se te ocurre otra cosa a vos, anoche ya hice una pizza, ¡sí, má, pizza, pero con muzza! ¿viste? Ahí tenés la variante, voy al almacén y compro 200 gramos ¿tá? Siempre pizza no es alimento Nico, ¡pero con muzza sí, má, tercia Sandrita, bueno, ¿voy a buscar la muzzarella? ¿algo más que te haga falta? Bueno, está bien, traé leche, si encontrás a esta hora ¡ah! Y salsa de tomates que se acabó anoche.

La rutina, los problemas, la polilla. No parece, pero un día se quiebra una pata del mueble, y después hay que tirarlo porque está todo carcomido por dentro. ¿Cómo habrán hecho esos dos? Eran otros tiempos, no había tantos problemas económicos y de trabajo, la vida era más sencilla. Era raro el divorcio. Pero, claro, muchas veces se aguantaban por el qué dirán, y los hombres tenían más libertad y plata para tirarse una canita al aire. ¿Y ahora no? Como sea, estos viejitos no parece que se aguanten nada más. Basta verlos juntos, cómo se toman del brazo, cómo se hablan mirándose a los ojos, con atención. Las imágenes de tantos años de verlos, aparecían en la mente de Pancho como fotografías de un viejo álbum archivado en algún cajón de su memoria.

- Habría que preguntarles – pronunció bajito para sí esa tarde.

Fue como si se diera una orden. Cuando los tuvo enfrente, se detuvo mirándolos y ellos se detuvieron a su vez, mirándolo con ojos de una difusa expectativa.

- Buenas tardes, don Juan, doña Julia, ¿cómo están?- arrancó como para abrir una puerta. Nunca había hecho aquello, detenerse para hablarles, pero los viejitos actuaron como si fuera una costumbre.

- Estamos bien, gracias, Panchito, y tú, y Martita, Sandrita y Nico, ¿todos bien?- replicó doña Julia, por supuesto. Don Juan se limitó a sonreír acompañando con un movimiento de la cabeza.

El sorprendido fue Pancho, que nunca hubiera imaginado que supieran su nombre, no, ¡su sobrenombre! Y, por si fuera poco, sabían los de su mujer y sus hijos. Que él supiera ellos nunca habían conversado con los viejitos.

Captando su sorpresa, doña Julia aclaró:

- Siempre conversábamos mucho con tu mamá, pobre doña Pocha, que en paz descanse, tan joven todavía... sentido pésame, m’hijo.

- Sí, muchas gracias – dijo, entendiendo ahora, Pancho. Su mamá había fallecido el pasado año, hacía nueve meses ya, pero no tan joven, tenía 72, pero, claro, al lado de ellos... Recordó confusamente que habían estado en el velatorio, pero le habían dado las condolencias a Marta, porque él se había ido a descansar un rato, bah...

- Gracias – repitió- ¿Me permiten una pregunta? Y disculpen el atrevimiento...

- Faltaba más m’hijo- repuso doña Julia.

- Ustedes, ¿cuánto llevan de casados? – empezó por inquirir Pancho.

Se miraron .

- Puf... – esbozó simplemente el viejo. Y doña Julia, todavía mirando a don Juan:

- Serán 54 ‘pa 55 más o menos, ¿no, viejo?

- Más o menos – coincidió el viejo meneando la cabeza.

A esa altura, qué importaba uno más o uno menos, pensó Pancho.

- Ah... toda una vida – afirmó acompañando con el movimiento de la cabeza, mirándolos y pensando en cómo preguntarles lo que en verdad le interesaba saber

- Y sí... una vida – repitió nomás doña Julia, mientras don Juan asentía con la cabeza, ambos sin dejar de mirarlo, quizás preguntándose qué le habría picado a Panchito para arrimárseles con esa pregunta.

- Y..., díganme, ¿siempre juntos, así como ahora? – prosiguió indagando Pancho.

- Bueno, siempre no – dijo el viejito, mientras doña Julia lo miraba acompañando la negación con la cabeza- antes había que trabajar, atender la casa, los hijos, en fin... Después de jubilados ya fue otra cosa – concluyó.

- ¿Tuvieron hijos? ¿Cuántos? – quiso saber Pancho.

- Nueve – repuso doña Julia sonriente -, mayoría varones, los mayores, y tres mujeres, las más chicas, todos bien casados, gracias a Dios y con familia – (queriendo decir hijos).

- ‘Tan todos ‘pa la Capital- agregó don Juan –. De tanto en tanto nos visitan algunos `pa alguna fiesta, o ´pa Turismo. Los nietos ya están mayores, algunos casados por allá, ya hay biznietos.

- Y tataranietos donde te descuidés, viejo- acotó doña Julia.

- Alguno está por España y otros andan por la Argentina, en fin...- detalló.

- Y ustedes, siempre aquí, en la misma casa – dijo Pancho.

- Y... qué se va hacer – dijo el viejo.

- ¿Siempre se llevaron bien? ¿Nunca ni un sí ni un no?- largó Pancho- Disculpen mi atrevimiento...

Los dos se miraron unos largos segundos. En sus rostros fue asomando una sonrisa lenta que se fue volviendo cómplice.

- Bueno – empezó doña Julia, mirando a Pancho – hubo de todo...- y se inclinó un poco hacia él.

- Vamo’ a decir – dijo el viejo cortándola – que los no fueron más que los , pero los jugaron mejor y ganaron el partido, ¿no verdá´, vieja?- sonrió don Juan.

Doña Julia soltó una risita pícara:

- Vos y tu fobal, viejo... Pero es así, más o menos, m’hijo – dijo mirando a Pancho sonriente, frunciendo la nariz y meneando la cabeza, y concluyó: En la vida hay de todo como en botica, pero hay que saber quedarse con lo mejorcito ¿vio, m’hijo?

Pancho se quedó un instante mirándolos con la boca abierta, como para decir algo más, pero sólo atinó a decir:

- Bueno, me alegro que haya sido así. No los entretengo más, que sigan bien, buenas tardes...

- Gracias, Panchito, saludos a la familia. ¡Qué ricos tus nenes! Siempre le decía a Pocha, pobre, ¡qué educaditos!... ¡Vivía para sus nietos! – siguió doña Julia.

- Sí, gracias, gracias, doña Julia, adiós – se apuró Pancho, ya siguiendo su camino a casa.

- Adiós – dijeron los dos viejitos reemprendiendo su lenta marcha.

La casa de Pancho quedaba en la cuadra siguiente, un minuto de marcha, pero para él, esa tarde, fue un viaje corazón adentro, un viaje en el tiempo recorriendo años olvidados, y anticipando futuros probables y futuros deseables y repasando las pocas expresiones recién escuchadas pero densas de contenidos como gruesos libros biográficos o antiguas zagas.

- ¡Llegué, Marta! – gritó a su mujer rumbeando hacia la cocina.

- Hola, Pancho – saludó ella, saliendo con un lampazo en la mano, de paso al baño.

Le dio un piquito rápido, como siempre, pero esta vez él la retuvo por la cintura y, cuando ella lo miró, el le clavó directo a los ojos esa mirada que tenía archivada hacía cien años y que, en aquel entonces a ella solía hipnotizarla.

- ¿Qué pasa? – preguntó Marta desconcertada pero quedando pegada a aquella mirada que guardaba casi olvidada en algún desván de los recuerdos.

- ¿Cómo van nuestros y nuestros no? – preguntó Pancho con una entonación que tampoco había usado por cien años.

- ¿Qué decís? – interrogó ella más con los ojos que con las palabras.

- ¿Van ganando los no o los ? ¿Van empatados?- siguió él misterioso, esbozando una sonrisa que tampoco usaba desde quién sabe qué antigua noche de romance.

- Pancho...- empezó a decir ella, poniendo ahora su mano libre en el pecho de él, sin soltar el lampazo de la otra- no te entiendo... ¿qué bicho te picó que estás así?

- Así ¿cómo? – insinuó él.

- Así, como...

- ¿Cómo hace mil años? ¿Cómo cuando teníamos romance?- propuso él.

- Sí... hace mucho que no te veía así, pero no sé qué decirte... justo iba a secar el baño, que Nico dejó hecho un chiquero...

- No, no, escuchame – la cortó él, sin dejar de penetrar sus ojos.

- ¿Qué?- musitó ella inmovilizada, lampazo aferrado en la mano derecha, la izquierda pegada al pecho de Pancho, con la cual le pareció percibir latidos, vibraciones, algo...

- Te quiero... vos, ¿me querés?- se sinceró, con voz cálida, Pancho.

- Claro ¿qué decís?- atinó apresurada ella.

- No, no...- pausó, la mirada más hondo en los ojos agrandados de su mujer- ¿Me querés?- enfatizó.

Marta aflojó sus músculos desde las piernas a su rostro, lo que le tomó como veinte segundos, mientras sentía que las pupilas de Pancho tocaban su corazón como dos electrodos quemantes. Finalmente, su mirada también cambió, aflorando una que estaba también quién sabe dónde hacía una era.

- Pancho, te quiero, te quiero... mucho- musitó.

- También yo te quiero- susurró Pancho- ¿No estás cansada de mí?- se adelantó.

- No, no, yo... a veces pienso si vos no estarás cansado de mí, de mis jaquecas, mis nervios, mis gritos...

- Todo eso- la interrumpió él- y mi cansancio, mi mal humor, mi falta de conversación, mi falta de interés, mi falta de plata, mis escapadas al club... todos nuestros no... qué te parece... qué te parece si hacemos jugar a los , hacerlos jugar mejor, si nos damos un beso como antes, nos damos la mano, nos abrazamos... ¿te acordás todavía?- la abrazó por la cintura levantándola en el aire (con cierto esfuerzo, claro, ya no era aquella “plumita”), y le estampó un beso con la boca abierta. Marta, dejó caer el lampazo, cuyo mango dio contra el suelo con un estampido.

- ¡Pá, má! ¡¿Qué hacen?!- corearon Nico y Sandra, que al ruido habían saltado. Estaban en la entrada del pasillo que lleva a los cuartos, con la boca y los ojos muy abiertos, como si vieran un hecho insólito, algo inexplicable y, definitivamente, fuera de serie.

- ¡Ay, Pancho! Estoy gorda...- balbuceó ella toda turbada y parándose apoyada en su brazo, bajándose a tirones el buzo, que se le había subido mostrando sus odiados “rollitos”.

- ¡Qué!- Pancho miró a sus hijos, estrechando a su mujer por la cintura- ¿nunca vieron una pareja de enamorados?

- ¡Pancho!- ella lo miró con una risa vergonzosa y pícara, que tampoco usaba hacía una punta de años.

Los gurises se miraron con picardía, como diciéndose “¡están locos!” y se rieron agachando la cabeza y saliendo, acto seguido, disparados cada cual a su cuarto sin parar de reírse.

Pero no estaban locos y, desde ese día, poco a poco, los empezaron a dominar el partido.

viernes, 9 de septiembre de 2011

Prematura

Esa chica adolescente que va muy oronda, arreglada según exige la moda ajena y la vanidad propia, parece decir: "soy tan sexy que no puedo no ser feliz".
La mirada denota estudiado desdén (encubriendo la ansiedad de "ser amada"). Sin dudas, no pasa desapercibida a los ojos voraces de las fieras viriles.
Tampoco hay dudas de que tendrá dichosos y exitantes momentos, tan seguro como que el tiempo pasará muy rápido, tanto como estos puntos suspensivos... hasta que esté prematuramente madura de desencantos e hijos, soledades y desdichas.

lunes, 8 de agosto de 2011

Vamos a la pausa

El tiempo televisivo se divide entre bloques y pausas. En los bloques tratan de divertirnos, entretenernos, "engancharnos".

Cuando viene la pausa publicitaria, nos piden, casi imploran, pero ordenan: "no se vayan, ya volvemos" (ni ellos ni nosotros vamos a ninguna parte).

Entonces, durante la pausa, también tratan de divertirnos, entretenernos, "engancharnos".

Las empresas exprimen los sesos de sus creativos una y otra vez... hasta que sale un ruidito gracioso, ridículo...

No se puede negar que hacen todo lo que pueden (cualquier cosa) para capturar nuestra fatua atención...

El resultado me recuerda a la actuación de un progenitor que quiere hacer que el nene mañoso se coma la papa a toda costa.


domingo, 31 de julio de 2011

La imagen


La sociedad de consumo, ahora globalizada, convirtió la identidad (concepto profundo, perteneciente al espíritu, al pensamiento, los valores, la cultura, la historia) en un objeto de consumo, un producto comercial rentable, a través del concepto de "imagen".
Toda identidad cuenta con una "imagen" o varias. Es una parte visible que emerge de lo profundo.

El problema es cuando la imagen se extrae de su soporte espiritual (cultural, intelectual, moral, histórico, etc.) y se utiliza ella misma como soporte y contenido.

Peor aún, cuando el concepto se convierte en un ente independiente "la imagen".Ahí se vuelve un fácil objeto de conversión, como un disfraz, una máscara, que se utiliza para representar algo, para "parecer" o "aparecer" representando algo.

El mecanismo de consumo basado en el cambio constante, en la renovación por la renovación, utiliza entonces la "imagen" o mejor, todo un merchandising de "imágenes", renovadas al ritmo del consumo.

Así, la "imagen" no representa una identidad propiamente dicha, sino que "parece" o "aparece" como identidad, en lugar de la identidad.

O sea que uno puede "comprarse" una identidad a gusto o a la moda, simplemente adquiriendo o adoptando una determinada "imagen".

En otras palabras se ha identificado el "parecer" con el "ser". De modo que ya no es necesario ser y además parecer. Basta con "parecer". Basta con la "marca", como dicen los sociólogos y filósofos de hoy.

Y hay imágenes "a la carta": vestimentas, accesorios, apliques, implantes, cirugías, tratamientos, dietas, bebidas, creencias, frases, tatoos, piercings, etc. Todo puede adquirirse cash o con tarjeta y segmentado según las franjas de mercado.

Como se argumenta con ligereza, pero con comercial certeza: "la imagen es todo".

De modo que la famosa frase del Hamlet pasó definitivamente al pasado arqueológico, ahora puede grafitearse con intrascendencia consumista:

sábado, 16 de abril de 2011

Desdicho eco-turístico

Dice el dicho popular: "Más vale pájaro en mano que cien volando". Pero yo desdigo: "¡Ajá! Así te quería agarrar: ¿Te parece lindo andar cazando pajaritos? ¡Te va a dar Greenpeace a vos si te agarra! ¡Más vale que sean ciento uno volando! ¿Entendiste?"

miércoles, 26 de enero de 2011

Comunicarse

Comunicarse no significa
conversar
como entenderse no depende
de hablar.
No te dejes confundir por el negocio de la palabra y los signos:
tel, cel, mail, chat, sms, msn, facebook, twit...
Comunicarse y entenderse
son cosas que ocurren
mucho antes y más cerca.
Algunos le llaman metalenguaje, química, cuestión de piel...
pero tampoco te lleves por las definiciones.
¿Qué conceptos pueden definir
una mirada a los ojos
una sonrisa de corazón
un contacto de manos
un abrazo
un silencio compartido
un gesto cómplice
una mano que sostiene al apoyarse en el hombro...?
No hay definiciones para estas cosas:
comunicación de carne y hueso
entendimiento palpitante
frente a frente
lado a lado.
No hay palabras.
Y si atinan a surgir
son pocas
sencillas y hondas.
No hay "medios de comunicación" que valgan.
La comunicación no tiene "medios"
es encuentro
es presencia
es estar
es ser.
No depende de palabras ni de signos
mucho menos de esto que estás leyendo
porque no lo entenderás
a menos que mucho antes
y de cerca
hayas entendido
en carne propia.

Xavier Xaubet