Toda identidad cuenta con una "imagen" o varias. Es una parte visible que emerge de lo profundo.
El problema es cuando la imagen se extrae de su soporte espiritual (cultural, intelectual, moral, histórico, etc.) y se utiliza ella misma como soporte y contenido.
Peor aún, cuando el concepto se convierte en un ente independiente "la imagen".Ahí se vuelve un fácil objeto de conversión, como un disfraz, una máscara, que se utiliza para representar algo, para "parecer" o "aparecer" representando algo.
El mecanismo de consumo basado en el cambio constante, en la renovación por la renovación, utiliza entonces la "imagen" o mejor, todo un merchandising de "imágenes", renovadas al ritmo del consumo.
Así, la "imagen" no representa una identidad propiamente dicha, sino que "parece" o "aparece" como identidad, en lugar de la identidad.
O sea que uno puede "comprarse" una identidad a gusto o a la moda, simplemente adquiriendo o adoptando una determinada "imagen".
En otras palabras se ha identificado el "parecer" con el "ser". De modo que ya no es necesario ser y además parecer. Basta con "parecer". Basta con la "marca", como dicen los sociólogos y filósofos de hoy.
Y hay imágenes "a la carta": vestimentas, accesorios, apliques, implantes, cirugías, tratamientos, dietas, bebidas, creencias, frases, tatoos, piercings, etc. Todo puede adquirirse cash o con tarjeta y segmentado según las franjas de mercado.
Como se argumenta con ligereza, pero con comercial certeza: "la imagen es todo".

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