lunes, 5 de diciembre de 2011

LUCÍA EN DOS TIEMPOS (de Cuentos para Creer)

La luz suave, apastelada, de la tardecita de febrero fluye desde el ventanal del pequeño living como el agua límpida de un arroyo poco profundo. Discurre muda sobre el piso de baldosas amarillas con diseños geométricos color café; sobre el pantasote azul piedra del sillón estilo americano; baña la madera lustrada de la mesita ratona, el cenicero de ágata, la carpetita blanca de crochet y el cuerpo terso del florero de losa esmaltada azul marino, hoy desocupado de rosas. Todavía se estira el manso arroyuelo de luz hasta el sofá, acariciando sólo parte del asiento y sobre éste, apenas, sin tibieza ya, unos delgados jeans, un tobillo bronceado y un breve champión rosado. Por el suelo, en cambio, más aventurado, relumbra dulcemente hasta morir sorbido por el tono negro mate de un parlante. Parece alimentar de esta manera, con su hálito tibio y cándido, el canto que mana nostálgico del estéreo:

“... Un día nuestra gran historia he de escribir
y revivir
en un libro de rosas.
En cada hoja un juramento he de grabar
Y allí estará
Tu carita hermosa...”

Unos ojos grandes y húmedos, detenidos, se ausentan morosamente hacia un paisaje inasible de recuerdos. El tono envolvente y mimoso de la voz de Adamo, acentuado por ese eco adolescente y afransesado que lo distingue, impulsa la melancolía de esos ojos como en el clima sugestivo de una película. Lágrimas y pensamientos ruedan por las arenas de una soledad sin esperanzas hasta el oasis del pasado hermoso y romántico...

“...pobre será mi prosa
mas habrá tu encanto
porque yo
pondré tus lágrimas
en los pétalos
de la más bella rosa...”

Una y otra vez Lucía evoca los sucesos de su idilio trunco antes de ser, justo antes de ser... Esta idea la desespera, entonces su mirada se refugia en lo que fue, en lo que en realidad tuvo, tan bello, tan perfecto... ¿una amistad? ¿un mutuo amor no declarado? ¿nunca lo sabría? ¿por qué tuvo que irse? ¿por qué tuvo que ser justo ese día? ¿destino? ¿era demasiado perfecto? ¿nunca podría ser?... ¿nunca podría volver?
De pronto recuerda una canción. La que Lucía odiaba, pero que Ernesto le hacía escuchar de vez en cuando:

“Quiéreme así muchacha, quiéreme así.
Cual si fuera este el instante que marca el final.
Tal vez mañana...”

La odiaba, nunca le hizo caso... Nunca lo quiso creer... Prefiere escuchar a Adamo:

“Con mi ilusión castillos levanté
los vi caer, perdí la fe.
Me desengañé porque en el mundo
Nunca tanta farsa imaginé...”

La voz de Adamo, ahora con dulce rebeldía, evoca a Lucía la injusticia de su situación. Sus ojos se repliegan defensivos ante ese mundo interpuesto entre los dos. Leva los puentes de sus castillos de recuerdos, defendidos por el caballero de sus sueños. Allí habita para siempre jamás lo que nunca morirá, porque fue, es, demasiado sublime para estar sujeto a un tiempo, a unos meses o años: “No existe el tiempo en lo sublime y es por eso que nunca muere ni morirá nuestro amor”, declara fervientemente para sí misma. “Ernesto, ¿sabés que seré toda mi vida tu sombra, que serás mi sombra? Si yo lo sé, tú también lo sabes. Ernesto, Ernesto, ¿por qué? ¿por qué a nosotros? ¡Maldito tiempo, maldito mundo!” Lucía cierra sus ojos, contiene el llanto, invoca: Ernesto... Ernesto...

“Tu nombre
para mí es un emblema
y el más bello poema
que el amor ha creado...”

Oportunamente, Adamo desvía la angustia de Lucía hacia la evocación gratificante de la imagen de Ernesto: su sonrisa, su mirada, un número indefinido de secuencias gratas que resumen sinópticamente lo mejor de aquel tiempo junto a él: “mis millones de felicidades que se unen en una...”, como anotó en su diario íntimo.

“Tu nombre
ya conocen las flores
y hasta los ruiseñores
lo aprendieron de mí...
¡Tu nombre... tu nombre...!

Adamo envuelve con fuerza el corazón dolorido de Lucía, mientras sus grandes ojos cerrados dejan pasar el tiempo, el mundo indefinido de su nostalgia inconsolable, y unas lágrimas lentas que terminan saltando al vacío para morir sobre el pantasote azul piedra...

Entonces sintió el ruido de la llave en la puerta de entrada, despertó como de un sueño y se sentó en el sofá no de pantasote sino imitación terciopelo, y se secó rapidito las lágrimas restantes, y trató de poner la cara de costumbre.
- ¡¿Qué estás escuchando, mamá?!
- Es Adamo, Kari... Estaba acomodando mis viejos long plays y lo puse... (Lucía salía de licencia dos o tres días antes que su marido y aprovechaba a hacer limpieza mientras preparaba el equipaje para los días de playa en la casita de Parque del Plata).
- ¡Discos de vinilo, mamá! ¡Suenan horrible!
- Bueno, están un poco baqueteados, pero me encantan. Son los que escuchaba cuando tenía tu edad, más o menos.
- ¿Eso escuchaban ustedes? ¡Qué aburridos! ¿Cómo se divertían en tu época? ¿O sólo estaban para la política y esas cosas?
- Para mí no eran aburridos, Adamo hizo furor en aquellos años...
- ¡¿Cuántos años, mamá?!
- Y... eran los ’70... –dijo Lucía con nostalgia en los ojos y una leve sonrisa.
- ¡Prehistóricos, mamá! Ya estamos en el veintiuno, actualizate...
- Ja... lo mismo le decía yo a mamá cuando escuchaba los discos de Libertad Lamarque...
- ¿Quién?
- No importa... pero siempre es así: ya te va a tocar...
- ¡Ay, mamá, vos siempre con lo mismo!... ¿Qué hay de comer?
Lucía levantó la púa del tocadiscos interrumpiendo a Adamo, que ya le estaba cantando a las paredes, y contestó simplemente:
- Es jueves, ¿no?
- ¡Uh! Fideos con tuco...Lo hiciste liviano por lo menos, ¿no?, sin tanto aceite y carne picada, que es pura grasa...
- Sííí, sííí, no te preocupes, no te va a engordar –respondió Lucía con paciencia, elevando la mirada al techo.
- Buéh, veremos... –respondió Karina, con escéptico tono, y siguió para el baño, como siempre que llegaba.

Lucía se quedó un momento sentada, con el sobre del disco de Adamo en las manos, mirando nada, mirando su presente real, pensando que todo había quedado congelado hacía treinta años, y la vida siguió, y ahora eran cualquier cosa menos lo que habían soñado. Ya no era Lucía, ni Lucy, sólo en los documentos y facturas, y en el trabajo. Ahora era Mamá o Gorda, según quien la llamara en casa.
- Hola, gorda... ¿qué hacés sentada ahí? –dijo, entrando, Carlos, “papá”, su marido.
- Nada... estuve de limpieza y me senté un poco, ¿cómo te fue, papá?
- Bien, ¿qué hay de comer, gordi? –preguntó, agachándose para darle un rápido beso-saludo.
- Es jueves, papi...
- Ah, cierto... le pusiste bastante carne al tuco ¿no?
- Sííí, papá, está como a vos te gusta... –y ya se levantó rumbeando hacia la cocina, donde ya había llegado Carlos, arrancando el codo del pan y, masticando mientras miraba a la mesa, dijo un poco ansioso:
- ¿No aprontaste el mate todavía? Te quedaste, gorda. Dale, aprontalo que me voy a cambiar... estoy muerto, ¡qué calor! ¡qué lo tiró! –y se metió en el baño que recién dejaba Karina.
- Hola, pa...
- Hola, ¿todo bien?
- Todo bien, pa... –contestó mientras ya se cerraba la puerta del baño.

En la cocina, Lucía ponía el agua a calentar, la yerba al mate, el chorrito de agua fría para hincharla y luego clavaba la mirada en sus recuerdos interrumpidos. “¿Qué será de la vida de Ernesto? Lo último que supe por la parienta, creo que prima de él, que me encontré en el ómnibus, que se había casado en Suecia con una exiliada argentina, tenía dos hijos, pero después se separó, se mudó a España, dice que mandó una foto por internet, estaba gordito y pelado ¿quién diría?, bueno, yo también engordé un disparate, por lo menos sus ojos seguirán azules, pero... ¿la mirada? ¿será la misma?, mi cara no es la misma, soy otra, si me ve ahora ni me conoce, capaz que yo a él tampoco... ¿será feliz?... si se separó... bueno,y yo, ¿soy feliz? No me puedo quejar, Carlos es bueno, veinte y pico de casados y seguimos, los nenes son buenos... bah, ¡los nenes! Tamaños grandotes, el Sergio nomás, salió medio veleta, pero bueno, ahora los varones son así, se les estira la adolescencia, ¡qué distinto a nosotros! Ernesto me hablaba de economía política, yo lo escuchaba como al propio Fidel, para mí, que no entendía un pito, la tenía clarísima, pero ¡qué!... éramos chiquilines, íbamos a arreglar el mundo... ¡qué poco duró aquello!... pero qué largo se fue después... no tuvimos tiempo para nosotros, para declararnos, él me quería y yo lo adoraba, pero quedamos ahí, en agua de borrajas, y se tuvo que ir... si hubiera caído preso... pero él, al final, no estaba metido en nada groso... creo... igual te metían para adentro por cualquier pavada... yo lo hubiera ido a visitar, lo habría esperado, ¿cómo hubiera sido?, pero no fue, se fue y le perdí la pista ¿se acordará de mí?... mandó una o dos cartas al principio, no a mí, a su hermana casada, pero preguntaba por mi familia no por mí directamente, claro, no éramos nada, amigos nomás, no querría seguir ilusionándome... después no supe nada más por años y años y ahora, bueno hasta hace dos... tres años, está gordito y pelado y divorciado... Carlos, por lo menos, tiene casi todo el pelo, unas entradas nomás y se está quedando canoso, pero le queda bien... a Carlos lo quiero y él me quiere... creo... es medio dormido a veces, pero labura, no toma, me trata bien, bueno, a veces me tiene tirada, pero ¡yo también!... estoy medio dejada... tengo que empezar el régimen, tendría que hacer algo con este pelo... pero él después ni se da cuenta... los hombres están en otra... Ernesto ¿será igual?... por algo estará divorciado...
- Che, gorda, ¿‘tá pronto el mate?
- Sí, sí, pará que lleno el termo... ¿te acordaste de lo que te encargué?
- ¿Qué?... Ah... no... se me pasó, gordi... ¡tuve un día...!
- ‘tááá, no pasa nada, mañana, igual. Pero acordate ¿eh, papá? Servite... –concluyó, alcanzándole el termo y el mate, porque sebar, sebaba él, eso sí.
- ‘tá, gorda, mañana no me olvido...

Fueron al living, se sentaron en el sofá, Ernesto cazó el control, prendió la tele y fin de la conversación.

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