lunes, 31 de mayo de 2010

Una época de oro

Hoy vi una silla mecedora en el pallier de un moderno edificio. Queda linda, pero está desubicada. ¿Quién se sentaría en ella en ese lugar? Está claro que cumple la misma función que un adorno, una antigüedad.
Me hizo acordar del tiempo en que había tiempo de sentarse en una mecedora. Hubo una época de oro: la era de las mecedoras. Cuando el tiempo era otro, permitía mecerse al cavilar, o tejer, o matear, o conversar con las visitas. Me acuerdo, ya en las postrimerías de esa era, de mi abuela en su mecedora.
Ahora ya nadie se mece. Si acaso alguien lo hace, ya no es lo mismo. Ahora es un acto deliciosamente anacrónico, una exquisitez, casi una extravagancia. Ya no la natural, íntima, sencilla y cotidiana utilización del tiempo al compás de la mecedora, común a todos los hogares.
Ahora las mecedoras son antigüedades: suntuarias, decorativas, caras e inútiles.

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