domingo, 25 de diciembre de 2011

POR UNA VEZ EN LA VIDA (de Historias de no creer - Cuentos - Xavier Xaubet - 2009

ADIVINANZA de William Shakespeare: "Pocos lo ofrecen, nadie lo espera, todos lo necesitan".

MONTEVIDEO, UN AÑO DE ESTOS, DOMINGO CUALQUIERA - 7:37 HS

Ese Domingo a Juan le pasó algo increíble: se despertó famoso. No que se hubiera hecho famoso recientemente, sino que cuando se despertó lo supo, en ese momento. Le resultó sumamente extraña la sensación de ser famoso, porque hasta ese momento no lo era en absoluto. Era cadete de una farmacia, y no muy brillante, que digamos, en su labor. No hacía más que hacer mandados, llevar pedidos, llegar tarde por quedarse dormido y confundir las direcciones. Pero ese Domingo, en que tenía que trabajar porque estaban de turno, se despertó famoso. Cuando se miró al espejo del baño, desgreñado y con cara de dormido, sorprendentemente, reconoció su cara como del tipo tapa de revistas, entrevistas en TV, anuncios publicitarios, etcétera. Supo (pero no supo cómo), mientras se peinaba con más esmero que de costumbre, que acababan de nominarlo para el premio a la Simpatía, del concurso Cadetes del año, organizado por la revista N.N. Fashion. No es que fuera muy bonito de cara, que digamos. Venía en lucha desigual con el acné; su nariz... ¿cómo decirlo?, le llevaba amplia ventaja al resto de sus rasgos, como un cuerpo más o menos. Pero simpático puede decirse que era. Es de destacar que, como buen tímido, hablaba apenas lo imprescindible, sonreía esbozadamente y su mirada lo hacía todo por él: pedía ayuda, agradecía, admitía, se disculpaba, interrogaba, mostraba afecto y claro, sonreía todo el tiempo y decía todo lo que él no osaba pronunciar. Conclusión: era un chico muy querible.
Al salir rumbo a la farmacia descubrió ¡que ya tenía un club de fans! Varias chicas gritaron agudamente cuando lo vieron montar su motocicleta de trabajo y lo rodearon solicitándole autógrafos y tratando, tímida pero insistentemente, de tocarlo. Desbordado, garabateó uno trabajosamente y escapó como pudo. Llegando a la esquina de su casa vio algo por demás inusual: doña Totita, una de sus vecinas, ama de casa consuetudinaria, estaba, de escoba en mano y batón, asediada por esmerados paparazzis que le apuntaban con todo tipo de cámaras y micrófonos. Alcanzó a distinguir una expresión desusada en su cara regordeta. No entendía lo que pasaba pero no pensó más en ello, porque le urgía más tratar de entender lo que le pasaba a él.
Llegando a la farmacia lo recibieron, con aplausos, sus compañeros, un grupo heterogéneo de gente y hasta su patrón en persona. La encargada se le acercó sonriente con un ramo de flores y le estampó el primer beso de la historia en su mejilla. Vio un móvil de la televisión, varios fotógrafos y un enorme micrófono en sus narices. Cuando el reportero le preguntó cómo se sentía ser reconocido por sus cualidades personales, no supo qué decir, pero entonces su boca estrenó su primera sonrisa dibujada completa.

MONTEVIDEO, EL MISMO AÑO Y DOMINGO CUALQUIERA , 8:04 HS

Totita se miró al espejo del baño y se llevó flor de sorpresa. En ese instante se vio a sí misma como nunca antes, como nunca se imaginó que alguien como ella pudiera llegar a verse: en un relámpago de lucidez, se vio famosa. Reconoció su rostro de costumbre: regordete, enmarcado por un pelo cortón, peinado así nomás y con crecimiento, arruguitas alrededor de los ojos, las cejas con retoques depilatorios postergados, de maquillaje ni el recuerdo, en fin, todo eso que cuando se pone a mirarlo la deprime y entonces, claro, casi nunca tiene tiempo de mirarse. Pero en ese instante todo eso fue eclipsado por una luz, más que de esperanza, de confirmación de algo inesperado. Ahora era famosa, reconocida ampliamente por sus méritos. ¿Qué méritos? Bueno, ya vimos que linda no era, su voz un poco chillona no ameritaba ni cantar bajito y de entrecasa, la risa escasa recordaba vagamente la de aquellos tiempos solteriles, algo similar pasaba con su mirada, pero menos suerte corría su figura... Bueno, si había méritos había que buscarlos en sus alrededores. Casa más que pulcra: decoración, limpieza y mantenimiento bajo su entera responsabilidad. Dos hijos que andaban “derechito” y bien arregladitos. Marido parco, calvo, panzón, prolijo, o sea, bien atendido. (Por ahora nada excepcional: un ama de casa como la gente, ¿y ...?) ¿Qué más? Ah, sí, el perrito limpito y bien enseñado. Claro, no podemos pasar por alto la vereda, siempre barrida y baldeada. Precisamente cuando salió esa mañana, escoba en mano y de batón, la sorprendió una jauría de paparazzis, apuntándola con todo tipo de cámaras y micrófonos. Sus ojos adquirieron proporciones asombrosas mientras el simpático reportero de Canal Tal Cual le preguntaba cómo se sentía ser la elegida para el codiciado Doña Petrona de Oro a la Trayectoria, en el Gran Certamen Amas de Casa del Año, organizado por los Medios de Comunicación, para premiar a las amas de casa dedicadas. No supo qué decir, ni cómo recuperar la respiración y la motricidad por unos extensos segundos, pero finalmente, una sonrisa largamente relegada afloró desde el fondo de su corazón, precisamente en el mismo momento en que su vecinito Juan, el cadete, pasaba acelerando su motocicleta de la farmacia, perseguido por un grupo de frenéticas chicas.

MISMA CIUDAD, AÑO Y DOMINGO CUALQUIERA, 11: 45 HS

El Cacho salió a la vereda mate en mano y termo bajo el brazo, como solía hacer cada domingo que le tocaba libre. Cuando sintió el solcito supo que no era como siempre. No el solcito, sino él. Se sentía raro... como famoso más precisamente. No se hizo caso, porque no era de fantasear y menos de agrandarse. El Cacho era un tipo humildón, de barrio, pobre, pero muy trabajador, eso sí. En eso no se achicaba jamás ¡y había que seguirle el trote! Sacando factura, sobre todo. Trabajaba en una panadería lejos de la pensión. Iba y venía en la bicicleta. Y trabajaba a veces tarde y noche. Como una ráfaga le pasó de nuevo la misma idea por la cabeza. “Qué lo tiró – pensó – debe ser eso del estrés, digo yo...” No pudo seguir pensando porque en eso estacionó una combi enfrente; del canal. Bajaron un camarógrafo y un tipo con un micrófono, y enfilaron hacia donde estaba el Cacho, que en ese momento succionaba un mate mientras los miraba de ojos interrogantes. - ¡Señor Roldán! ¡Buenos días! (- ¿Y este de dónde me conoce? – pensó el Cacho). – De Canal Tal Cual, soy Milton Otero, transmitiendo en vivo, queremos hacerle una nota al flamante Premio Mejor Rendimiento de esta primera edición de los premios Laburantes del Año, organizado por la Cámara de Industria y Comercio: con nosotros, el señor Sergio Roldán, oficial facturero de la panadería Don Pan del barrio La Figurita, ¿lo he definido bien? El Cacho asintió con la cabeza, de boca abierta y ojos grandes como el agujero del mate. - ¿Cómo se siente recibir este reconocimiento a sus virtudes como trabajador, señor Roldán? No supo qué contestarle porque en ese momento sentía algo tan inusual que no conocía todavía las palabras para definirlo. Pero sacó de muy adentro una sonrisa que tenía guardada, dobladita y planchadita, desde que era chico, desde la última vez que alguien, no recordaba si una tía o una vecina, allá en el pueblo, lo elogió por lo comedido y educadito que era.
En eso pasó apuradito el marido de la Totita, que vive a la vuelta. Ni se dio cuenta que el Cacho estaba siendo entrevistado por la televisión, porque iba concentrado en su cometido, con un gran ramo de rosas de la florería de la otra cuadra. Se notaba, por esa sonrisa entre entusiasmada y expectante que le ocupaba el rostro, que iba derecho a saldar una muy atrasada cuenta de aprecio.
Totita, en tanto, lucía un nuevo brillo en la mirada y su antigua sonrisa actualizada. Esta vez se sentía realmente decidida a cuidar de su persona, por ella misma, pero también por los suyos (y no sólo para recibir el premio). Porque se había dado cuenta que bien valdría la pena ser la Totita en todo, no sólo a su alrededor.
En ese mismo momento el patrón de Juan le aseguraba un aumentito con una sonrisa de satisfacción y referencias elogiosas a su buena disposición para atender a los clientes, “que era lo principal”. Juan se sintió interiormente impulsado a apagar antes la tele todas las noches y a estudiar un rato el mapa de la zona de la farmacia en la guía clasificada. Pero principalmente sintió, por primera vez en su vida, que valía la pena ser simplemente Juan.
A todo esto, el Cacho sentía que había llegado el momento de incarle el diente a un asunto que venía postergando, en franca contradicción con su naturaleza decidida. Esa noche misma le diría a la Lucía lo que ella soñaba con oir hacía rato largo: “No le demos más vueltas, Lucy: nos casamos y listo”. Porque ahora se daba cuenta que si era metedor para una cosa como el trabajo, con más razón lo podía ser para formar una buena familia. “Porque uno es uno en todo lo que se ponga a hacer –pensó –. No vale la pena andar mañereando para ser feliz”.


MONTEVIDEO, UN DIA CUALQUIERA DESPUES, 20:45 HS

Hasta aquí, el informe sobre estos tres casos que pudimos contactar y entrevistar personalmente, en el poco tiempo que duró la situación (por llamarla de alguna manera): algo más de media jornada. Porque una cantidad, todavía no determinada, de personas comunes y corrientes, totalmente desconocidas, se convirtieron, ese domingo cualquiera, en notorias y reconocidas, simplemente por algunas de sus virtudes personales.
Doy fe que mis colegas entrevistaron enfermeras, mozos, cuidacoches, basureros, domésticas, escolares, estudiantes, maestras, papás y mamás, taxistas, porteros, cajeras de supermercado, y qué se yo cuánta gente corriente más.
Ese día no dimos abasto con las entrevistas y reportes, fue una verdadera locura, algo de no creer. Si uno lo piensa bien, dice: “¡no puede ser!”
Y, la verdad, no sé qué pasó ese domingo cualquiera de un año de estos, para que todos los elogios merecidos juntos salieran desbocados al encuentro de sus destinatarios olvidados; pero..., por una vez en la vida, ocurrió lo mejor: los encontraron.
Después todo volvió a la normalidad, pero para todos aquellos desconocidos reconocidos, nada a vuelto a ser como antes.

FIN... No: se debería comenzar...
Texto: Xavier Xaubet, 2003

lunes, 5 de diciembre de 2011

LUCÍA EN DOS TIEMPOS (de Cuentos para Creer)

La luz suave, apastelada, de la tardecita de febrero fluye desde el ventanal del pequeño living como el agua límpida de un arroyo poco profundo. Discurre muda sobre el piso de baldosas amarillas con diseños geométricos color café; sobre el pantasote azul piedra del sillón estilo americano; baña la madera lustrada de la mesita ratona, el cenicero de ágata, la carpetita blanca de crochet y el cuerpo terso del florero de losa esmaltada azul marino, hoy desocupado de rosas. Todavía se estira el manso arroyuelo de luz hasta el sofá, acariciando sólo parte del asiento y sobre éste, apenas, sin tibieza ya, unos delgados jeans, un tobillo bronceado y un breve champión rosado. Por el suelo, en cambio, más aventurado, relumbra dulcemente hasta morir sorbido por el tono negro mate de un parlante. Parece alimentar de esta manera, con su hálito tibio y cándido, el canto que mana nostálgico del estéreo:

“... Un día nuestra gran historia he de escribir
y revivir
en un libro de rosas.
En cada hoja un juramento he de grabar
Y allí estará
Tu carita hermosa...”

Unos ojos grandes y húmedos, detenidos, se ausentan morosamente hacia un paisaje inasible de recuerdos. El tono envolvente y mimoso de la voz de Adamo, acentuado por ese eco adolescente y afransesado que lo distingue, impulsa la melancolía de esos ojos como en el clima sugestivo de una película. Lágrimas y pensamientos ruedan por las arenas de una soledad sin esperanzas hasta el oasis del pasado hermoso y romántico...

“...pobre será mi prosa
mas habrá tu encanto
porque yo
pondré tus lágrimas
en los pétalos
de la más bella rosa...”

Una y otra vez Lucía evoca los sucesos de su idilio trunco antes de ser, justo antes de ser... Esta idea la desespera, entonces su mirada se refugia en lo que fue, en lo que en realidad tuvo, tan bello, tan perfecto... ¿una amistad? ¿un mutuo amor no declarado? ¿nunca lo sabría? ¿por qué tuvo que irse? ¿por qué tuvo que ser justo ese día? ¿destino? ¿era demasiado perfecto? ¿nunca podría ser?... ¿nunca podría volver?
De pronto recuerda una canción. La que Lucía odiaba, pero que Ernesto le hacía escuchar de vez en cuando:

“Quiéreme así muchacha, quiéreme así.
Cual si fuera este el instante que marca el final.
Tal vez mañana...”

La odiaba, nunca le hizo caso... Nunca lo quiso creer... Prefiere escuchar a Adamo:

“Con mi ilusión castillos levanté
los vi caer, perdí la fe.
Me desengañé porque en el mundo
Nunca tanta farsa imaginé...”

La voz de Adamo, ahora con dulce rebeldía, evoca a Lucía la injusticia de su situación. Sus ojos se repliegan defensivos ante ese mundo interpuesto entre los dos. Leva los puentes de sus castillos de recuerdos, defendidos por el caballero de sus sueños. Allí habita para siempre jamás lo que nunca morirá, porque fue, es, demasiado sublime para estar sujeto a un tiempo, a unos meses o años: “No existe el tiempo en lo sublime y es por eso que nunca muere ni morirá nuestro amor”, declara fervientemente para sí misma. “Ernesto, ¿sabés que seré toda mi vida tu sombra, que serás mi sombra? Si yo lo sé, tú también lo sabes. Ernesto, Ernesto, ¿por qué? ¿por qué a nosotros? ¡Maldito tiempo, maldito mundo!” Lucía cierra sus ojos, contiene el llanto, invoca: Ernesto... Ernesto...

“Tu nombre
para mí es un emblema
y el más bello poema
que el amor ha creado...”

Oportunamente, Adamo desvía la angustia de Lucía hacia la evocación gratificante de la imagen de Ernesto: su sonrisa, su mirada, un número indefinido de secuencias gratas que resumen sinópticamente lo mejor de aquel tiempo junto a él: “mis millones de felicidades que se unen en una...”, como anotó en su diario íntimo.

“Tu nombre
ya conocen las flores
y hasta los ruiseñores
lo aprendieron de mí...
¡Tu nombre... tu nombre...!

Adamo envuelve con fuerza el corazón dolorido de Lucía, mientras sus grandes ojos cerrados dejan pasar el tiempo, el mundo indefinido de su nostalgia inconsolable, y unas lágrimas lentas que terminan saltando al vacío para morir sobre el pantasote azul piedra...

Entonces sintió el ruido de la llave en la puerta de entrada, despertó como de un sueño y se sentó en el sofá no de pantasote sino imitación terciopelo, y se secó rapidito las lágrimas restantes, y trató de poner la cara de costumbre.
- ¡¿Qué estás escuchando, mamá?!
- Es Adamo, Kari... Estaba acomodando mis viejos long plays y lo puse... (Lucía salía de licencia dos o tres días antes que su marido y aprovechaba a hacer limpieza mientras preparaba el equipaje para los días de playa en la casita de Parque del Plata).
- ¡Discos de vinilo, mamá! ¡Suenan horrible!
- Bueno, están un poco baqueteados, pero me encantan. Son los que escuchaba cuando tenía tu edad, más o menos.
- ¿Eso escuchaban ustedes? ¡Qué aburridos! ¿Cómo se divertían en tu época? ¿O sólo estaban para la política y esas cosas?
- Para mí no eran aburridos, Adamo hizo furor en aquellos años...
- ¡¿Cuántos años, mamá?!
- Y... eran los ’70... –dijo Lucía con nostalgia en los ojos y una leve sonrisa.
- ¡Prehistóricos, mamá! Ya estamos en el veintiuno, actualizate...
- Ja... lo mismo le decía yo a mamá cuando escuchaba los discos de Libertad Lamarque...
- ¿Quién?
- No importa... pero siempre es así: ya te va a tocar...
- ¡Ay, mamá, vos siempre con lo mismo!... ¿Qué hay de comer?
Lucía levantó la púa del tocadiscos interrumpiendo a Adamo, que ya le estaba cantando a las paredes, y contestó simplemente:
- Es jueves, ¿no?
- ¡Uh! Fideos con tuco...Lo hiciste liviano por lo menos, ¿no?, sin tanto aceite y carne picada, que es pura grasa...
- Sííí, sííí, no te preocupes, no te va a engordar –respondió Lucía con paciencia, elevando la mirada al techo.
- Buéh, veremos... –respondió Karina, con escéptico tono, y siguió para el baño, como siempre que llegaba.

Lucía se quedó un momento sentada, con el sobre del disco de Adamo en las manos, mirando nada, mirando su presente real, pensando que todo había quedado congelado hacía treinta años, y la vida siguió, y ahora eran cualquier cosa menos lo que habían soñado. Ya no era Lucía, ni Lucy, sólo en los documentos y facturas, y en el trabajo. Ahora era Mamá o Gorda, según quien la llamara en casa.
- Hola, gorda... ¿qué hacés sentada ahí? –dijo, entrando, Carlos, “papá”, su marido.
- Nada... estuve de limpieza y me senté un poco, ¿cómo te fue, papá?
- Bien, ¿qué hay de comer, gordi? –preguntó, agachándose para darle un rápido beso-saludo.
- Es jueves, papi...
- Ah, cierto... le pusiste bastante carne al tuco ¿no?
- Sííí, papá, está como a vos te gusta... –y ya se levantó rumbeando hacia la cocina, donde ya había llegado Carlos, arrancando el codo del pan y, masticando mientras miraba a la mesa, dijo un poco ansioso:
- ¿No aprontaste el mate todavía? Te quedaste, gorda. Dale, aprontalo que me voy a cambiar... estoy muerto, ¡qué calor! ¡qué lo tiró! –y se metió en el baño que recién dejaba Karina.
- Hola, pa...
- Hola, ¿todo bien?
- Todo bien, pa... –contestó mientras ya se cerraba la puerta del baño.

En la cocina, Lucía ponía el agua a calentar, la yerba al mate, el chorrito de agua fría para hincharla y luego clavaba la mirada en sus recuerdos interrumpidos. “¿Qué será de la vida de Ernesto? Lo último que supe por la parienta, creo que prima de él, que me encontré en el ómnibus, que se había casado en Suecia con una exiliada argentina, tenía dos hijos, pero después se separó, se mudó a España, dice que mandó una foto por internet, estaba gordito y pelado ¿quién diría?, bueno, yo también engordé un disparate, por lo menos sus ojos seguirán azules, pero... ¿la mirada? ¿será la misma?, mi cara no es la misma, soy otra, si me ve ahora ni me conoce, capaz que yo a él tampoco... ¿será feliz?... si se separó... bueno,y yo, ¿soy feliz? No me puedo quejar, Carlos es bueno, veinte y pico de casados y seguimos, los nenes son buenos... bah, ¡los nenes! Tamaños grandotes, el Sergio nomás, salió medio veleta, pero bueno, ahora los varones son así, se les estira la adolescencia, ¡qué distinto a nosotros! Ernesto me hablaba de economía política, yo lo escuchaba como al propio Fidel, para mí, que no entendía un pito, la tenía clarísima, pero ¡qué!... éramos chiquilines, íbamos a arreglar el mundo... ¡qué poco duró aquello!... pero qué largo se fue después... no tuvimos tiempo para nosotros, para declararnos, él me quería y yo lo adoraba, pero quedamos ahí, en agua de borrajas, y se tuvo que ir... si hubiera caído preso... pero él, al final, no estaba metido en nada groso... creo... igual te metían para adentro por cualquier pavada... yo lo hubiera ido a visitar, lo habría esperado, ¿cómo hubiera sido?, pero no fue, se fue y le perdí la pista ¿se acordará de mí?... mandó una o dos cartas al principio, no a mí, a su hermana casada, pero preguntaba por mi familia no por mí directamente, claro, no éramos nada, amigos nomás, no querría seguir ilusionándome... después no supe nada más por años y años y ahora, bueno hasta hace dos... tres años, está gordito y pelado y divorciado... Carlos, por lo menos, tiene casi todo el pelo, unas entradas nomás y se está quedando canoso, pero le queda bien... a Carlos lo quiero y él me quiere... creo... es medio dormido a veces, pero labura, no toma, me trata bien, bueno, a veces me tiene tirada, pero ¡yo también!... estoy medio dejada... tengo que empezar el régimen, tendría que hacer algo con este pelo... pero él después ni se da cuenta... los hombres están en otra... Ernesto ¿será igual?... por algo estará divorciado...
- Che, gorda, ¿‘tá pronto el mate?
- Sí, sí, pará que lleno el termo... ¿te acordaste de lo que te encargué?
- ¿Qué?... Ah... no... se me pasó, gordi... ¡tuve un día...!
- ‘tááá, no pasa nada, mañana, igual. Pero acordate ¿eh, papá? Servite... –concluyó, alcanzándole el termo y el mate, porque sebar, sebaba él, eso sí.
- ‘tá, gorda, mañana no me olvido...

Fueron al living, se sentaron en el sofá, Ernesto cazó el control, prendió la tele y fin de la conversación.