Los Sí vs los NO
Esa tarde, cuando los vio venir, despacito, por la vereda del sol, le llegaron al corazón. Ella del brazo de él y él posando su mano libre sobre la de ella no sujetándola, sino haciendo contacto, uniendo, como una caricia quieta.
Realmente pertenecían a otro tiempo que, misteriosamente, se traslapaba con el actual. Pasado haciéndose presente. Todo era diferente en ellos: el ritmo, la indumentaria, el semblante, la mirada. Trepidaban veloces los automóviles del presente al pasar, pero no parecían influir ni un poquito en el “tempo” de la pareja de ancianos.
Francisco, Pancho, se conmovió esta vez al verlos. Cierto, siempre pensaba: “¡Qué hermosura!, llegar hasta esa edad, juntos. Eso ya no se ve, son como una reliquia.” Pero seguía de largo, saludándolos maquinalmente al pasar, como lo había hecho desde chico.
¿Cuántos años tendrían de casados? Cincuenta mínimo, pero daría lo mismo decir cien. Una vida, o más... Desde que se acordaba los había visto viviendo en la misma cuadra, la misma casa vieja, hasta diría que con la misma indumentaria de museo. Don Juan y doña Julia. Él de traje oscuro y camisa blanquísima, prendida hasta el cuello. Los domingos con corbata y chaleco. Zapatos negros bien lustrados. Lo coronaba, invierno y verano, un sombrero de fieltro negro, gardeliano. ¡No usaba lentes ni bastón! Ella de vestido casi hasta los tobillos, de esas telas de floreado menudo, ceñido a la cintura y cerrado hasta el cuello, salvo en verano cuando el leve escote permitía asomar sus clavículas. En invierno, chaquetón de paño oscuro y chal de lana tejido por ella misma. Zapatos de grueso tacón, negros, y medias color natural en verano, negras de lana en invierno. Su peinado, invariablemente un rodete tirante y, como único maquillaje los domingos, los labios apenas pintados de rojo.
Ambos eran delgados, aunque no altos, bien erguidos para su avanzada edad. De rostro enjuto, el de él más anguloso, y el cabello cano. Para Pancho habían sido siempre como un símbolo viviente del amor eterno. “Algo que ya no existe”, pensaba con pesimismo realista. Pensar que desde que era niño estaban así, invariables. Con lógica, se decía a sí mismo que hace veinte o treinta años atrás, debían de verse más jóvenes, o, mejor dicho, menos viejos. Pero su memoria no estaba de acuerdo con esa lógica. Sin embargo, habían tenido toda una vida, antes de eso. El único dato que disponía de ese pasado era el que su padre, ya fallecido, comentó alguna vez: él había sido portuario, “cuando el puerto de Paysandú era otra cosa”, y ella tejía “para afuera”. Nada más. Bueno, era algo. ¿Cuántos años? Toda una vida, sí.
“Yo crecí, estudié, entré en la Intendencia Municipal, como papá y por papá, me ennovié con Marta, nos casamos, tenemos dos hijos chicos y, el día menos pensado, nos estamos divorciando”, repasaba mentalmente Pancho su vida de 37 años. “¿Cómo habrán hecho estos dos?”, se preguntaba a continuación, mirando aquella pareja de viejitos tomados del brazo. “Habría que preguntarles alguna vez”, se proponía vagamente.
La rutina de los días veloces del presente disolvía aquellos pensamientos que, usualmente, afloraban cuando se cruzaba con ellos. Esa tarde, sin embargo, como señalé al principio, fue diferente. Sería que Pancho estaba sensibilizado por su situación marital. Sentía que su pareja se disolvía lentamente, carcomida por la polilla de la apatía mutua. El único tema de diálogo eran los problemas, grandes y pequeños. Que la nena precisa una ortodoncia que sale como 11000 pesos, la tarjeta no habilita la cuota, y ¿si sacás un préstamo social en el República? Sí, pero después el descuento del sueldo más la tarjeta, no sé, y está la cuota del Hipotecario, no sé, no sé... Que el nene está sin championes, pero no quiere los baratos porque no son de marca y los compañeros tienen todos de marca, y hablando de calzado, ¿cuánto hace que ando con los mismos tamangos, que ya parecen chalanas, no dan más, pero bueno esperaré, primero están los nenes, ¿qué querés comer esta noche?, yoquesé... cualquier cosa, cualquier cosa no vas a comer, después te quejás, ¿no podés pensar también vos?, estoy cansado, yo también estoy cansada del trabajo, pero tengo que cocinar igual y no me estoy quejando, pido un poco de colaboración nada más, ¡Má, mirá Nico!, ¡Nico dejá en paz a tu hermana, hacé el favor!... ¡Ella empezó, má! ¡No, él empezó! ¡Bueno, basta! ¡Qué chiquilines!¿Y? ¿ya pensaste algo? No sé... una pizza, o algo, sí, sí, no se te ocurre otra cosa a vos, anoche ya hice una pizza, ¡sí, má, pizza, pero con muzza! ¿viste? Ahí tenés la variante, voy al almacén y compro 200 gramos ¿tá? Siempre pizza no es alimento Nico, ¡pero con muzza sí, má, tercia Sandrita, bueno, ¿voy a buscar la muzzarella? ¿algo más que te haga falta? Bueno, está bien, traé leche, si encontrás a esta hora ¡ah! Y salsa de tomates que se acabó anoche.
La rutina, los problemas, la polilla. No parece, pero un día se quiebra una pata del mueble, y después hay que tirarlo porque está todo carcomido por dentro. ¿Cómo habrán hecho esos dos? Eran otros tiempos, no había tantos problemas económicos y de trabajo, la vida era más sencilla. Era raro el divorcio. Pero, claro, muchas veces se aguantaban por el qué dirán, y los hombres tenían más libertad y plata para tirarse una canita al aire. ¿Y ahora no? Como sea, estos viejitos no parece que se aguanten nada más. Basta verlos juntos, cómo se toman del brazo, cómo se hablan mirándose a los ojos, con atención. Las imágenes de tantos años de verlos, aparecían en la mente de Pancho como fotografías de un viejo álbum archivado en algún cajón de su memoria.
- Habría que preguntarles – pronunció bajito para sí esa tarde.
Fue como si se diera una orden. Cuando los tuvo enfrente, se detuvo mirándolos y ellos se detuvieron a su vez, mirándolo con ojos de una difusa expectativa.
- Buenas tardes, don Juan, doña Julia, ¿cómo están?- arrancó como para abrir una puerta. Nunca había hecho aquello, detenerse para hablarles, pero los viejitos actuaron como si fuera una costumbre.
- Estamos bien, gracias, Panchito, y tú, y Martita, Sandrita y Nico, ¿todos bien?- replicó doña Julia, por supuesto. Don Juan se limitó a sonreír acompañando con un movimiento de la cabeza.
El sorprendido fue Pancho, que nunca hubiera imaginado que supieran su nombre, no, ¡su sobrenombre! Y, por si fuera poco, sabían los de su mujer y sus hijos. Que él supiera ellos nunca habían conversado con los viejitos.
Captando su sorpresa, doña Julia aclaró:
- Siempre conversábamos mucho con tu mamá, pobre doña Pocha, que en paz descanse, tan joven todavía... sentido pésame, m’hijo.
- Sí, muchas gracias – dijo, entendiendo ahora, Pancho. Su mamá había fallecido el pasado año, hacía nueve meses ya, pero no tan joven, tenía 72, pero, claro, al lado de ellos... Recordó confusamente que habían estado en el velatorio, pero le habían dado las condolencias a Marta, porque él se había ido a descansar un rato, bah...
- Gracias – repitió- ¿Me permiten una pregunta? Y disculpen el atrevimiento...
- Faltaba más m’hijo- repuso doña Julia.
- Ustedes, ¿cuánto llevan de casados? – empezó por inquirir Pancho.
Se miraron .
- Puf... – esbozó simplemente el viejo. Y doña Julia, todavía mirando a don Juan:
- Serán 54 ‘pa 55 más o menos, ¿no, viejo?
- Más o menos – coincidió el viejo meneando la cabeza.
A esa altura, qué importaba uno más o uno menos, pensó Pancho.
- Ah... toda una vida – afirmó acompañando con el movimiento de la cabeza, mirándolos y pensando en cómo preguntarles lo que en verdad le interesaba saber
- Y sí... una vida – repitió nomás doña Julia, mientras don Juan asentía con la cabeza, ambos sin dejar de mirarlo, quizás preguntándose qué le habría picado a Panchito para arrimárseles con esa pregunta.
- Y..., díganme, ¿siempre juntos, así como ahora? – prosiguió indagando Pancho.
- Bueno, siempre no – dijo el viejito, mientras doña Julia lo miraba acompañando la negación con la cabeza- antes había que trabajar, atender la casa, los hijos, en fin... Después de jubilados ya fue otra cosa – concluyó.
- ¿Tuvieron hijos? ¿Cuántos? – quiso saber Pancho.
- Nueve – repuso doña Julia sonriente -, mayoría varones, los mayores, y tres mujeres, las más chicas, todos bien casados, gracias a Dios y con familia – (queriendo decir hijos).
- ‘Tan todos ‘pa la Capital- agregó don Juan –. De tanto en tanto nos visitan algunos `pa alguna fiesta, o ´pa Turismo. Los nietos ya están mayores, algunos casados por allá, ya hay biznietos.
- Y tataranietos donde te descuidés, viejo- acotó doña Julia.
- Alguno está por España y otros andan por la Argentina, en fin...- detalló.
- Y ustedes, siempre aquí, en la misma casa – dijo Pancho.
- Y... qué se va hacer – dijo el viejo.
- ¿Siempre se llevaron bien? ¿Nunca ni un sí ni un no?- largó Pancho- Disculpen mi atrevimiento...
Los dos se miraron unos largos segundos. En sus rostros fue asomando una sonrisa lenta que se fue volviendo cómplice.
- Bueno – empezó doña Julia, mirando a Pancho – hubo de todo...- y se inclinó un poco hacia él.
- Vamo’ a decir – dijo el viejo cortándola – que los no fueron más que los sí, pero los sí jugaron mejor y ganaron el partido, ¿no verdá´, vieja?- sonrió don Juan.
Doña Julia soltó una risita pícara:
- Vos y tu fobal, viejo... Pero es así, más o menos, m’hijo – dijo mirando a Pancho sonriente, frunciendo la nariz y meneando la cabeza, y concluyó: En la vida hay de todo como en botica, pero hay que saber quedarse con lo mejorcito ¿vio, m’hijo?
Pancho se quedó un instante mirándolos con la boca abierta, como para decir algo más, pero sólo atinó a decir:
- Bueno, me alegro que haya sido así. No los entretengo más, que sigan bien, buenas tardes...
- Gracias, Panchito, saludos a la familia. ¡Qué ricos tus nenes! Siempre le decía a Pocha, pobre, ¡qué educaditos!... ¡Vivía para sus nietos! – siguió doña Julia.
- Sí, gracias, gracias, doña Julia, adiós – se apuró Pancho, ya siguiendo su camino a casa.
- Adiós – dijeron los dos viejitos reemprendiendo su lenta marcha.
La casa de Pancho quedaba en la cuadra siguiente, un minuto de marcha, pero para él, esa tarde, fue un viaje corazón adentro, un viaje en el tiempo recorriendo años olvidados, y anticipando futuros probables y futuros deseables y repasando las pocas expresiones recién escuchadas pero densas de contenidos como gruesos libros biográficos o antiguas zagas.
- ¡Llegué, Marta! – gritó a su mujer rumbeando hacia la cocina.
- Hola, Pancho – saludó ella, saliendo con un lampazo en la mano, de paso al baño.
Le dio un piquito rápido, como siempre, pero esta vez él la retuvo por la cintura y, cuando ella lo miró, el le clavó directo a los ojos esa mirada que tenía archivada hacía cien años y que, en aquel entonces a ella solía hipnotizarla.
- ¿Qué pasa? – preguntó Marta desconcertada pero quedando pegada a aquella mirada que guardaba casi olvidada en algún desván de los recuerdos.
- ¿Cómo van nuestros sí y nuestros no? – preguntó Pancho con una entonación que tampoco había usado por cien años.
- ¿Qué decís? – interrogó ella más con los ojos que con las palabras.
- ¿Van ganando los no o los sí? ¿Van empatados?- siguió él misterioso, esbozando una sonrisa que tampoco usaba desde quién sabe qué antigua noche de romance.
- Pancho...- empezó a decir ella, poniendo ahora su mano libre en el pecho de él, sin soltar el lampazo de la otra- no te entiendo... ¿qué bicho te picó que estás así?
- Así ¿cómo? – insinuó él.
- Así, como...
- ¿Cómo hace mil años? ¿Cómo cuando teníamos romance?- propuso él.
- Sí... hace mucho que no te veía así, pero no sé qué decirte... justo iba a secar el baño, que Nico dejó hecho un chiquero...
- No, no, escuchame – la cortó él, sin dejar de penetrar sus ojos.
- ¿Qué?- musitó ella inmovilizada, lampazo aferrado en la mano derecha, la izquierda pegada al pecho de Pancho, con la cual le pareció percibir latidos, vibraciones, algo...
- Te quiero... vos, ¿me querés?- se sinceró, con voz cálida, Pancho.
- Claro ¿qué decís?- atinó apresurada ella.
- No, no...- pausó, la mirada más hondo en los ojos agrandados de su mujer- ¿Me querés?- enfatizó.
Marta aflojó sus músculos desde las piernas a su rostro, lo que le tomó como veinte segundos, mientras sentía que las pupilas de Pancho tocaban su corazón como dos electrodos quemantes. Finalmente, su mirada también cambió, aflorando una que estaba también quién sabe dónde hacía una era.
- Pancho, te quiero, te quiero... mucho- musitó.
- También yo te quiero- susurró Pancho- ¿No estás cansada de mí?- se adelantó.
- No, no, yo... a veces pienso si vos no estarás cansado de mí, de mis jaquecas, mis nervios, mis gritos...
- Todo eso- la interrumpió él- y mi cansancio, mi mal humor, mi falta de conversación, mi falta de interés, mi falta de plata, mis escapadas al club... todos nuestros no... qué te parece... qué te parece si hacemos jugar a los sí, hacerlos jugar mejor, si nos damos un beso como antes, nos damos la mano, nos abrazamos... ¿te acordás todavía?- la abrazó por la cintura levantándola en el aire (con cierto esfuerzo, claro, ya no era aquella “plumita”), y le estampó un beso con la boca abierta. Marta, dejó caer el lampazo, cuyo mango dio contra el suelo con un estampido.
- ¡Pá, má! ¡¿Qué hacen?!- corearon Nico y Sandra, que al ruido habían saltado. Estaban en la entrada del pasillo que lleva a los cuartos, con la boca y los ojos muy abiertos, como si vieran un hecho insólito, algo inexplicable y, definitivamente, fuera de serie.
- ¡Ay, Pancho! Estoy gorda...- balbuceó ella toda turbada y parándose apoyada en su brazo, bajándose a tirones el buzo, que se le había subido mostrando sus odiados “rollitos”.
- ¡Qué!- Pancho miró a sus hijos, estrechando a su mujer por la cintura- ¿nunca vieron una pareja de enamorados?
- ¡Pancho!- ella lo miró con una risa vergonzosa y pícara, que tampoco usaba hacía una punta de años.
Los gurises se miraron con picardía, como diciéndose “¡están locos!” y se rieron agachando la cabeza y saliendo, acto seguido, disparados cada cual a su cuarto sin parar de reírse.
Pero no estaban locos y, desde ese día, poco a poco, los sí empezaron a dominar el partido.